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La Doctrina Social de la Iglesia en la formación

La  progresiva  profundización  en torno  al estatuto  de  la  DSI  hace que  en  el  presente  ella no  se comprenda como ideología, teoría social, o proyecto económico‐político alternativo, sino como un área de la teología, ayudando a la reflexión de la Iglesia sobre las realidades sociales, valorándolas a la luz del evangelio y proponiendo principios, criterios y orientaciones para la acción.
Han sido determinantes para propiciar esta profundización, la enseñanza del Vaticano II, de Pablo VI, de Juan Pablo II, del Catecismo de la Iglesia Católica (1992), del Directorio General para la Catequesis (DGC) (1997), el Compendio de la doctrina social de la Iglesia (C) (2004) y recientemente la encíclica Caitas in Veritate.
Sin embargo, es necesario reconocer que aún hoy la DSI alcanza “escasa relevancia” (DGC 29) en las comunidades cristianas, en la vida y por sobre todo en la enseñanza y formación de los cristianos.
La fe asume todas las dimensiones de lo real. Por ello, ha de llegar necesariamente al compromiso social. Vivir esa dimensión social de la fe es cada día más urgente: “Ante los problemas sociales, siempre presentes en las diferentes épocas de la historia, pero que en nuestro tiempo se hacen mucho más complejos y se extienden a escala mundial, la Iglesia no puede abandonar su reflexión ética y pastoral ‐en su propio campo‐ para iluminar y orientar con su enseñanza social los esfuerzos y las esperanzas de los pueblos, haciendo desde luego que los cambios, incluso radicales, exigidos por las situaciones de miseria y de injusticia, se realicen de tal manera que favorezcan el verdadero bien de los hombres”1.
Juan Pablo II declaró que la DSI no es otra cosa que el desarrollo orgánico del evangelio: “esta doctrina es el evangelio social de nuestro tiempo, del mismo modo que la época histórica de los apóstoles tuvo el evangelio social de la Iglesia primitiva, como lo tuvo la época de los padres, la de santo Tomás de Aquino y de los grandes doctores del Medioevo. Después vino el evangelio social del siglo XIX, caracterizado por los grandes cambios y novedades, por las iniciativas y problemas que han preparado el terreno a la encíclica Rerum novarum”.
La doctrina social tiene, pues, el valor de un instrumento de evangelización y se desarrolla en el encuentro entre el mensaje evangélico y la historia humana (C 67). Todo ello ayuda a comprender que, por su carácter mediador entre el evangelio y la realidad social, la DSI necesita actualizarse continuamente para responder a las nuevas situaciones. La actualidad de la doctrina social reside precisamente  en  que,  aún  siendo  y presentándose  como  un  cuerpo  doctrinal  coherente,  no  ha quedado reducida a un sistema cerrado, sino que ha seguido siempre atenta y a la escucha para responder a los signos de los tiempos, a los nuevos problemas y a las nuevas formas de presentarlos.
El relanzamiento de la DSI implica la tarea ineludible de transmitirla y difundirla. Juan Pablo II en Centesimus annus, al conmemorar el centenario de Rerum novarum, da las gracias a cuantos se han dedicado  a  su  estudio,  profundización  y  divulgación,  y  sugiere,  al  mismo  tiempo,  que esta “conmemoración sea ocasión de un renovado impulso para su estudio, difusión y aplicación en todos los ámbitos” (CA 56).
El DGC insiste en esta misma dirección. Propone el estudio de DSI como elemento indispensable de la lectura cristiana de los acontecimientos, aspecto decisivo de una catequesis que quiera mantenerse al servicio de la educación permanente de la fe (cf. DGC 71), y, en este sentido, la propone como parte integrante de la formación de los adultos (DGC 175). Por su parte, el Compendio intenta presentarla de  manera  completa  y  sistemática;  ofrece  un  marco  referencial  de  las  líneas fundamentales  del “corpus” doctrinal de la enseñanza social católica, un instrumento eficaz para el discernimiento moral y pastoral de los complejos acontecimientos que caracterizan nuestro tiempo y una guía para inspirar las opciones y comportamientos de los creyentes (C 7‐10).
Su transmisión, debe huir de todo discurso teórico alejado de la realidad, así como de una reflexión abstracta que no conduzca a la acción. No se trata simplemente de transmitir conocimientos, sino de suscitar actitudes que luego puedan condicionar los conocimientos adquiridos. Es decir, se trata, sobre todo, de poner las bases para que los documentos sean debidamente interpretados y aplicados. La transmisión de la DSI ha de partir de la realidad, especialmente si se contempla en el ámbito de la formación. El punto de partida de todo proyecto de educación en la fe está en la atención a la realidad,  personal  y  social,  a  los  problemas  que  inquietan  y  preocupan.  Y  el  comienzo  del compromiso, hacia el que la enseñanza social apunta, está también en la experiencia.
La DSI tiene necesidad de ser encarnada en proyectos históricos y llegar a convertirse en alma de la praxis constructora de lo social. Es necesario el testimonio cristiano de la dimensión social de la fe y de la caridad; el testimonio del ejercicio y la praxis de la caridad como actividad organizada de los creyentes,  según  ha recordado  Benedicto  XVI,  y  también  de  la  caridad  de  cada  cristiano individualmente (cf. DCE 29).

Refiriéndonos ahora a la importancia de la doctrina social en la formación, existe hoy la convicción de que realmente la DSI constituye un punto de referencia indispensable para una verdadera formación cristiana (C 528). Es claro que este patrimonio doctrinal no se transmite ni se enseña, si no se conoce adecuadamente

 

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